Este es el primer texto que publico aquí. Y me pareció que la mejor manera de empezar era contándote por qué escribo — y por qué, un día, elegí el periodismo.
Creo que elegí estudiar Periodismo mucho antes de saber realmente qué significaba ser periodista.
De pequeña, pasaba las vacaciones de verano en casa de mis abuelos. Durante horas me sentaba a leer en el porche de mi abuela, siempre con un lápiz en la mano. Subrayaba las frases que me emocionaban, me sorprendían o me hacían pensar, porque sabía que más tarde hablaría de ellas con ella.
Por las noches, antes de dormirme, inventaba mis propios cuentos. Soñaba con que algún día, en algún lugar del mundo, una niña leería algo escrito por mí, subrayaría una de mis frases y después la comentaría con su abuela.
Mi abuela era la persona más importante de mi vida. Precisamente por eso, junto a aquellos sueños, también existía un miedo enorme. Algunas noches me ponía a llorar pensando que algún día podría morir. No conseguía imaginar un mundo en el que ella ya no estuviera. Sentía que, cuando su vida terminara, también terminaría el mundo tal y como yo lo conocía. Me aterraba pensar que tendría que seguir viviendo sin ella. Lloraba hasta quedarme dormida.
Quizá fue entonces cuando comprendí, sin saberlo, por qué las palabras y las historias son tan importantes.
No pueden detener el tiempo, ni evitar una pérdida. Pero pueden conservar una voz, una manera de mirar, una frase — y hacer que alguien nos siga acompañando incluso cuando ya no está.
Con los años, mi fascinación por los libros se convirtió también en fascinación por las personas. Quería escucharlas, comprender qué había detrás de sus palabras, hacer preguntas y descubrir las historias que cada una llevaba consigo.
Por eso elegí estudiar Periodismo. No porque quisiera hablar, sino porque quería escuchar. No porque quisiera ser vista, sino porque quería observar, comprender y compartir con otros lo que descubría en cada encuentro.
El periodismo unió todo lo que ya me apasionaba: las palabras, las historias y las personas. Y el directo se convirtió en mi espacio natural, porque en él no hay segundas tomas: solo presencia, escucha y conversaciones reales.
Quizá, en el fondo, sigo siendo aquella niña sentada en el porche de su abuela, con un libro y un lápiz en la mano, convencida de que una frase puede conectar a dos personas y conseguir que algo importante permanezca.
Hace poco, mi hija mayor, María, le preguntó a su hermana pequeña, Julia, cómo se las había arreglado ella sola para algo. Julia se tocó la frente y contestó, muy seria: «porque yo tengo mucha pensansa».
Nos reímos muchísimo. Pero la palabra se me quedó. Empecé a usarla en casa, se la conté a la gente — y, sin que yo hiciera nada más, la gente empezó a usarla también.
Por eso este espacio se llama así. Porque una niña de seis años nombró, sin querer, exactamente lo que yo llevo haciendo toda la vida: darle vueltas a algo hasta que encuentra su forma. Subrayar. Escuchar. Escribir. Pensansa.
Este es el porche digital que Julia bautizó sin saberlo. Un lugar para las pensansas — las tuyas y las mías.
Casi siempre, estos pensamientos nacen de una conversación. Gracias por leer.



