Uno de los deseos de cumpleaños de mi hija mayor, María, este año fue pasar más tiempo juntas — crear más recuerdos. Lo dijo sin rencor, como quien pide algo obvio. A mí me atravesó.
Hace un tiempo, mi hija mayor me pidió una toalla de playa. Eran las ocho de la mañana, yo tenía dos llamadas en espera y acababa de abrir mi tercer negocio. Todo el mundo me necesitaba a la vez. Le dije que la buscara ella sola, por favor.
No podía delegar todavía — ni yo sabía bien qué había que hacer. Era la época de prueba y error, de soñarlo y hacerlo pasar como fuera.
Y mientras yo seguía al teléfono, pasó esto: María — que entonces tenía once años — me dejó en el sofá la toalla de playa, el bañador de su hermana pequeña, la gorra y los crocs. «Mami, hazme el favor de meterlos en la mochila, que Julia tiene juegos de agua hoy. Sé que no te da tiempo de leer los emails del cole, así que lo he preparado yo.»
Me sentí fatal. La había regañado por interrumpirme con lo de la toalla — y ni siquiera era su deber.
Al salir hacia el bus del colegio, dijo: «¡ostia!» — y yo, de nuevo, la regañé: «María, esa boca.» Ella pidió perdón, dijo que no sabía dónde tenía la cabeza esa mañana. Y entonces cogió su teléfono, llamó a su mejor amiga —la que vive enfrente del colegio— y le dijo: «Por favor, no sé qué me pasa hoy que ando tan despistada. Tráeme protector solar, que Julia tiene juegos de agua y se me olvidó echárselo.»
Ahí me di cuenta. Llevaba meses siendo madre en piloto automático. Y ellas se las estaban arreglando solas.
Hoy, con seis y doce años, mis hijas tienen más pensansa que muchos adultos con los que hablo. No puedo estar más orgullosa. Y cuando me dicen que de mayores quieren ser como yo, que están orgullosas de mí — no tengo palabras. Mira que me dedico justo a eso: al negocio de las palabras.
Palabras que venden. Que motivan. Que conectan. Y aun así, no encuentro las que expliquen esto.
Si pudiera, haría que el día tuviera cuarenta y ocho horas. Pararía el tiempo para no perderme nada de ellas — y lo dejaría correr, al mismo tiempo, para que mis negocios crecieran y avanzaran más rápido.
Como emprendedora, quiero que el tiempo vuele: ver resultados cuanto antes. Como madre, quiero pararlo. Como periodista... aquí ya no sé qué decir. Cuando escribo, soy feliz. Cuando emprendo, también. Y cuando estoy con ellas, también.
Puede que el piloto automático no fallara. Puede que, sin querer, les enseñara a volar solas — antes de lo que a mí me habría gustado, pero no antes de lo que ellas eran capaces.
No sé si el tiempo me alcanzará algún día. Pero mientras tanto, me hago a diario la única pregunta que sí sé responder: ¿qué parte de mí quiero que hoy se quede en ellas?
Casi siempre, estos pensamientos nacen de una conversación. Gracias por leer.



